Historia Semana Santa Segovia
La historia de la Semana Santa de Segovia es una historia larga, llena de interrupciones y renacimientos, de devociones que sobrevivieron a guerras, desamortizaciones y convulsiones políticas, y de una ciudad que en cada época ha encontrado la manera de seguir sacando a sus imágenes a la calle. Desde las primeras cofradías disciplinarias del siglo XVI hasta la declaración de Fiesta de Interés Turístico Nacional en 2017, la Semana Santa segoviana ha recorrido casi cinco siglos de historia colectiva que explican mucho de lo que hoy vemos procesionar por el casco histórico de la ciudad.

Entender ese recorrido no es un ejercicio académico: es la mejor manera de comprender por qué ciertas imágenes tienen el arraigo que tienen, por qué la Procesión de los Pasos nació en 1907 de una iniciativa episcopal y por qué el Cristo de los Gascones es venerado como una reliquia medieval. Cada acto de la Semana Santa actual lleva dentro capas de historia que lo hacen más rico y más significativo para quien se acerca a conocerlos.
En esta página te contamos ese recorrido. Si buscas información sobre la celebración actual, visita nuestra guía de la Semana Santa en Segovia. Si quieres conocer las cofradías que hoy protagonizan los desfiles, consulta la sección de cofradías y hermandades.
Contenido
- 1 El origen medieval: el Cristo de los Gascones
- 2 El siglo XVI: las primeras cofradías y la pragmática de 1534
- 3 El siglo XVII: expansión, gremios y nuevas fundaciones
- 4 El siglo XVIII: 1.066 cofradías en la provincia y la represión ilustrada
- 5 El siglo XIX: desamortizaciones, crisis y el Sermón de las Siete Palabras
- 6 1907: el obispo Miranda y el nacimiento de la Procesión de los Pasos
- 7 La Guerra Civil y la posguerra
- 8 1980: la Junta de Cofradías y la institucionalización de la Semana Santa
- 9 De Interés Turístico Regional a Interés Turístico Nacional
- 10 Cinco siglos de continuidad
El origen medieval: el Cristo de los Gascones
Antes de que existiera ninguna cofradía organizada, antes incluso de que la Semana Santa tomara la forma procesional que hoy conocemos, Segovia ya albergaba imágenes de devoción pasionista que los fieles veneraban en sus iglesias y capillas. La más antigua y singular de todas ellas es el Cristo de los Gascones, una figura articulada y policromada cuya tradición sitúa su llegada a Segovia durante los tiempos de la repoblación medieval, traída desde la Gascuña francesa en el siglo XIII.
Se trata de una talla articulada —es decir, con brazos móviles, pensada originalmente para representar el Descendimiento de la Cruz en las ceremonias litúrgicas— que se conserva en la iglesia del Salvador, en el barrio que lleva el nombre de los propios gascones. La figura encarna una devoción antiquísima, anterior a cualquier estructura cofrade, que arranca en la propia repoblación de la ciudad tras la reconquista cristiana y que sobrevive intacta, procesionando cada Jueves Santo, siglo tras siglo.
Esta imagen es la prueba más elocuente de que la historia de la devoción pasionista en Segovia es mucho más larga que la historia de sus cofradías. Cuando en el siglo XVI comenzaron a regularse formalmente las hermandades de penitencia, el Cristo de los Gascones llevaba ya generaciones presidiendo la fe de su barrio.
El siglo XVI: las primeras cofradías y la pragmática de 1534
El primer testimonio documental de una Semana Santa organizada en Segovia data de 1534, año en que se dicta una pragmática para regular el funcionamiento de las cofradías en la ciudad. Este documento no habla de hermandades recién nacidas, sino de corporaciones ya existentes cuya actividad necesitaba ser ordenada, lo que indica que la tradición procesional llevaba tiempo arraigada cuando la autoridad civil decidió regularla.
Las cofradías que protagonizaban la Semana Santa segoviana en esa época eran de carácter disciplinario, siguiendo el modelo penitencial extendido por toda la España del Renacimiento bajo el impulso de las órdenes mendicantes y el espíritu de la Contrarreforma. Se dividían en dos grandes grupos según el día de su procesión: las que salían el Jueves Santo, encabezadas por la Cofradía de las Cinco Llagas, y las que procesionaban el Viernes Santo, representadas principalmente por la Cofradía del Confalón y la Esclavitud de Nuestra Señora de la Soledad y Santo Sepulcro.
La Cofradía de las Cinco Llagas
La Cofradía de las Cinco Llagas es la institución cofrade más antigua de Segovia de la que se tiene constancia documentada. Su primera mención conservada data del 29 de marzo de 1596, aunque en ese texto el cronista Cristóbal Núñez la describe como «muy antigua» y «muy principal en la ciudad», lo que indica que su fundación es considerablemente anterior a esa fecha. Tenía su sede en el convento de San Francisco, el gran centro franciscano de Segovia que ocupaba el solar donde hoy se levanta la Academia de Artillería, y sus cofrades eran principalmente vecinos de Segovia y del arrabal de Zamarramala.
En 1597, un episodio dramático marcó la historia de esta cofradía: varios cofrades residentes en Zamarramala habían fallecido a causa de las heridas provocadas por sus propios castigos penitenciales al intentar regresar a pie a sus casas después de la procesión del Jueves Santo. La gravedad del suceso llevó a los cofrades zamarriegas a separarse y constituir su propia Cofradía de la Santa Cruz de Zamarramala, que desde entonces organizó de forma independiente su procesión en el arrabal. Esta escisión, paradójicamente, daría origen con el tiempo a la tradición del Santo Entierro de Zamarramala, uno de los actos más singulares de la Semana Santa segoviana actual.
El Confalón y la Esclavitud de la Soledad
La Cofradía del Confalón fue fundada el 1 de enero de 1572 y estableció su sede en el convento de la Merced, situado en la actual plaza de la Merced. Esta corporación era la encargada de la procesión del Viernes Santo, en la que portaba el paso de Nuestra Señora de las Angustias. Su nombre hace referencia al gonfalón o estandarte procesional, una insignia muy característica de las cofradías penitenciales castellanas del siglo XVI.
Asociada al Confalón, aunque con entidad propia, estaba la Esclavitud de Nuestra Señora de la Soledad y Santo Sepulcro, cuya primera mención conservada data del 28 de julio de 1592. Esta cofradía tenía su sede en el convento de San Juan de Dios y sus miembros asumían una responsabilidad muy concreta: cuidar de los enfermos del Hospital de Desamparados. Esa dimensión caritativa era habitual en las hermandades de la Soledad, que históricamente combinaban la devoción mariana con la atención a los más vulnerables. El 24 de enero de 1592 ambas corporaciones firmaron un acuerdo de hermandad, y el 6 de enero de 1648 la Esclavitud fue formalmente refundada, consolidando su estructura interna.
El siglo XVII: expansión, gremios y nuevas fundaciones
La centuria del seiscientos fue para la Semana Santa segoviana un periodo de consolidación y crecimiento. Al amparo del espíritu barroco que impregnaba la vida religiosa española, surgieron nuevas corporaciones vinculadas a los gremios de la ciudad, que encontraron en las cofradías una forma de expresar su identidad colectiva y su devoción particular.
En 1693 se fundó la Esclavitud del Vía Crucis en la ermita de San Roque, cuyas constituciones fueron firmadas tres años después, en 1696. Su misión específica era escenificar el Vía Crucis, y especialmente el Descenso de la Cruz, en la ermita de la Piedad. En 1756 esta cofradía firmó una concordia con el gremio de sastres, una alianza que refleja bien la imbricación que existía en aquella época entre la vida gremial y la organización cofrade. Los gremios artesanos —zapateros, carpinteros, panaderos, hortelanos— se sentían representados en las hermandades y encontraban en ellas un espacio de sociabilidad, de ayuda mutua y de expresión pública de su identidad como oficio.
También en este siglo quedó establecida como tradición la procesión de pasos organizados por los gremios desde la iglesia de Santa Eulalia cada Jueves Santo. El gremio de apartadores —trabajadores de la industria textil, muy desarrollada en Segovia— organizaba un cortejo en el que participaban un total de cinco imágenes pertenecientes a distintas corporaciones gremiales. Esta procesión, que partía del arrabal de Santa Eulalia y discurría por las calles del barrio, es el antecedente directo de la gran Procesión de los Pasos que conocemos hoy.
El Cristo de los Gascones obtiene cofradía propia
Fue también en el siglo XVII cuando el antiquísimo Cristo de los Gascones adquirió una estructura cofrade formal que garantizase su culto y su presencia procesional. La Real Cofradía de la Santa y Venerable Esclavitud que custodia esta imagen fue fundada en 1647, dando forma institucional a una devoción que llevaba ya cuatro siglos arraigada en el barrio. La incorporación de la Guardia Civil como escolta del paso —una tradición que se mantiene hasta hoy— refleja la consideración y el respeto que esta imagen ha merecido siempre de las autoridades civiles y militares de la ciudad.
El siglo XVIII: 1.066 cofradías en la provincia y la represión ilustrada
A lo largo del siglo XVIII, la vida cofrade en Segovia y su provincia alcanzó unas dimensiones que hoy resultan sorprendentes. Cuando el rey Carlos III ordenó el 22 de febrero de 1769 realizar un Expediente general sobre el estado de las cofradías, gremios y hermandades de todo el reino, el recuento arrojó un dato revelador: en la provincia de Segovia existían nada menos que 1.066 cofradías activas. Un número extraordinario que habla de la profundidad con que la organización cofrade había penetrado en la vida social de cada pueblo, parroquia y gremio de la región.
Sin embargo, ese mismo espíritu ilustrado que quiso conocer el estado de las cofradías también trató de limitarlas. La segunda mitad del siglo XVIII fue un periodo de tensión entre la vitalidad popular de la religiosidad procesional y las políticas reformistas de la Ilustración, que veían en las procesiones penitenciales más teatrales —y especialmente en las prácticas de flagelación pública— una manifestación de superstición incompatible con los valores de la razón y el progreso. La Real Cédula de 1777 de Carlos III prohibió expresamente las disciplinas públicas en las procesiones, forzando a las cofradías a reconvertir su carácter más extremo y orientarse hacia formas de devoción más ordenadas y menos físicamente dramáticas.
Para las hermandades segovianas, este cambio supuso un reajuste importante pero no una ruptura. La tradición procesional era lo suficientemente sólida como para sobrevivir a la supresión de los elementos más polémicos, y las cofradías siguieron celebrando sus salidas con el núcleo devocional intacto.
El siglo XIX: desamortizaciones, crisis y el Sermón de las Siete Palabras
Si el siglo XVIII había traído restricciones ilustradas, el XIX trajo algo todavía más dañino para la vida cofrade: la desamortización de Mendizábal en 1836, que suprimió conventos y monasterios por toda España, privando a muchas hermandades de sus sedes históricas y de los bienes que sustentaban su actividad. En Segovia, como en el resto de Castilla, varias corporaciones quedaron sin casa y sin recursos, y muchas de ellas dejaron de procesionar durante décadas.
La Semana Santa segoviana del siglo XIX fue, en general, una celebración debilitada y sin la proyección que había tenido en centurias anteriores. Sin embargo, algunos indicios apuntan a que la devoción popular seguía viva incluso en los momentos de mayor declive institucional. Un ejemplo muy significativo es el Sermón de las Siete Palabras, un acto devocional que se celebró entre 1880 y 1888 en el barrio de Santa Eulalia —el arrabal grande— y que consistía en la predicación de las siete palabras que Jesús pronunció desde la cruz. La celebración de este sermón en ese periodo indica que, a pesar de la crisis de las estructuras cofrades, el pueblo segoviano seguía buscando formas de participar en la Semana Santa y de vivir la Pasión de Cristo de manera comunitaria.
También en el siglo XIX, la procesión del Domingo de Ramos seguía siendo organizada por la Cofradía del Confalón, que mantuvo viva esta tradición incluso en los años más difíciles. Esta continuidad ininterrumpida es uno de los datos que mejor ilustran la resiliencia de las hermandades segovianas ante las circunstancias adversas.
1907: el obispo Miranda y el nacimiento de la Procesión de los Pasos
El hito más importante de la historia moderna de la Semana Santa segoviana tiene fecha y protagonista precisos. En 1905, Julián Miranda Bistuer fue nombrado obispo de Segovia. Un hombre de visión y de acción, Miranda Bistuer comprendió desde el principio que la Semana Santa de la ciudad necesitaba un impulso renovador que la dotara de una procesión central capaz de aglutinar a toda la comunidad. Para ello puso en marcha un proyecto ambicioso: encargar una serie de pasos procesionales a talleres de la escuela catalana de Olot, con el propósito de distribuirlos entre los distintos gremios de la ciudad.
Entre el 10 y el 20 de marzo de 1907, los siete pasos encargados fueron entregados a sus respectivos destinatarios. Cada uno fue asignado a un gremio concreto, estableciendo así un vínculo entre el oficio artesanal y la imagen procesional que recordaba la tradición medieval de las cofradías gremiales:
- La Oración en el Huerto, obra de Josep Rius, para el gremio de hortelanos y labradores.
- Jesús azotado por sayones (La Flagelación), de José Quixal, para los gremios de albañiles, carpinteros, canteros y pintores.
- El Ecce Homo, para hojalateros, carreteros, plateros, forjadores y fumistas.
- Jesús Nazareno, para zapateros, curtidores y almacenistas de calzado.
- La Magdalena junto a Jesús crucificado, para panaderos, molineros y el arte de imprimir.
- La Soledad de María, para el gremio de sastres.
- La Piedad —María sosteniendo el cuerpo de Cristo—, para los colegiales del Seminario Conciliar.
El 24 de marzo de 1907, Domingo de Ramos, se celebró la primera Procesión de los Pasos. Aquel cortejo inaugural, en el que los siete nuevos pasos desfilaron por las calles de Segovia por primera vez, marcó el inicio de la tradición que hoy es la columna vertebral de la Semana Santa segoviana. El 17 de marzo de 1911 se decidió trasladar la procesión del Domingo de Ramos al Jueves Santo, fecha en la que se ha celebrado desde entonces, con la única excepción del periodo de la Guerra Civil y de los años 1974 a 1977.
La Guerra Civil y la posguerra
El estallido de la Guerra Civil en julio de 1936 supuso la suspensión de la Semana Santa segoviana, como ocurrió en toda España. Aunque Segovia quedó dentro de la zona nacional desde el principio del conflicto —lo que evitó los destrozos y quemas de imágenes que se produjeron en otras ciudades—, los años de guerra no eran propicios para la organización de desfiles procesionales.
La recuperación llegó en la primera posguerra. La Semana Santa volvió a celebrarse con relativa normalidad en los años cuarenta, y ese periodo vio además la incorporación de nuevas cofradías que enriquecieron el panorama procesional de la ciudad. La Hermandad de Nuestra Señora de la Soledad Dolorosa, con sede en la iglesia de Santa Eulalia y fundada en 1921, había procesionado ya antes de la guerra y retomó su actividad en la posguerra. Más tarde se fueron sumando otras corporaciones, consolidando un tejido cofrade cada vez más sólido.
Sin embargo, la crisis no había terminado del todo. Entre 1974 y 1977, la Procesión de los Pasos volvió a suspenderse por razones que reflejaban las tensiones sociales y organizativas del tardofranquismo y la Transición. Fueron solo tres años de paréntesis, pero su recuerdo dejó claro a las cofradías segovianas la fragilidad de una tradición que solo se sostiene con compromiso y organización continua.
1980: la Junta de Cofradías y la institucionalización de la Semana Santa
La respuesta de las hermandades a esa fragilidad fue decisiva: en 1980 se constituyó formalmente la Junta de Cofradías, Hermandades y Feligresías de la Semana Santa de Segovia. Este organismo, que agrupa a todas las corporaciones que participan en la celebración, asumió la tarea de coordinar el calendario procesional, defender el patrimonio artístico de las hermandades, promover la Semana Santa hacia el exterior y garantizar la continuidad de una tradición que, a partir de ese momento, contaba con una estructura institucional sólida.
La creación de la Junta marcó el inicio de la etapa contemporánea de la Semana Santa segoviana. En los años siguientes, varias cofradías se incorporaron al calendario procesional, aportando nuevos pasos y nuevas salidas que ampliaron la programación de la semana. En 1964 ya se había entregado la actual talla de la Entrada en Jerusalén, obra de José María Moro, que renovó la histórica procesión del Domingo de Ramos del Confalón. En 1990 se fundó la Cofradía de Nuestra Señora de la Piedad, con sede en la iglesia de San José, que procesiona con cuatro pasos —el Calvario, la Magdalena al pie de la Cruz, la Piedad y el Cautivo—. Y en el año 2000 nació la Hermandad de la Virgen del Rocío, que desde 2012 participa en la Procesión del Encuentro del Domingo de Resurrección.
El homenaje a Aniceto Marinas
Uno de los gestos más significativos de la Semana Santa segoviana contemporánea es el homenaje al escultor Aniceto Marinas que se celebra cada año durante la semana. Aniceto Marinas García (1866-1953), nacido en Segovia y formado en Madrid y Roma, fue uno de los escultores españoles más reconocidos del tránsito entre el siglo XIX y el XX. Su obra más popular fuera de Segovia es quizás la estatua de Agustina de Aragón que se conserva en Madrid, pero para la Semana Santa de su ciudad natal su aportación es de primer orden: la Nuestra Señora de la Soledad al Pie de la Cruz (1930) y el Santo Cristo en su Última Palabra (1947), ambas de la Cofradía de San Millán, son dos de las piezas más queridas del patrimonio procesional segoviano.
Rendirle homenaje cada Semana Santa es una forma de reconocer la deuda que la celebración tiene con sus propios artistas y de reivindicar una imaginería que, siendo local y contemporánea, ha alcanzado el nivel de las grandes tradiciones escultóricas castellanas.
De Interés Turístico Regional a Interés Turístico Nacional
El reconocimiento institucional de la Semana Santa segoviana fue llegando de manera paulatina pero consistente. En 1999 obtuvo la declaración de Fiesta de Interés Turístico Regional por parte de la Junta de Castilla y León, un primer espaldarazo oficial que confirmaba la proyección creciente de la celebración más allá de sus fronteras locales.
El salto definitivo llegó en 2017, cuando la Secretaría de Estado de Turismo del Gobierno de España declaró la Semana Santa de Segovia Fiesta de Interés Turístico Nacional. Este reconocimiento, el más alto que puede otorgarse a una celebración festiva en España, fue el resultado de años de trabajo por parte de la Junta de Cofradías, del Ayuntamiento de Segovia y del conjunto de las hermandades, que supieron presentar una candidatura que ponía en valor tanto la calidad artística de los pasos como la singularidad de los actos y la profundidad histórica de una tradición que lleva casi cinco siglos viva.
La declaración no fue solo un honor protocolario. Supuso también un impulso real para la difusión de la Semana Santa segoviana, atrayendo a un número creciente de visitantes de toda España y del extranjero que descubren en Segovia una de las celebraciones pasionistas más auténticas y mejor conservadas de Castilla.
Cinco siglos de continuidad
Repasar la historia de la Semana Santa de Segovia es encontrarse con una celebración que ha sabido sobrevivir a casi todo: a las restricciones ilustradas del siglo XVIII, a las desamortizaciones del XIX, a la guerra del XX, a los paréntesis organizativos de los años setenta. En cada uno de esos momentos difíciles, siempre hubo cofrades, párrocos, vecinos y autoridades dispuestos a mantener viva una tradición que la ciudad siente como parte esencial de su identidad.
Hoy, con más de veinte pasos en la calle, doce cofradías activas, una Junta organizadora consolidada y el respaldo de la declaración de Interés Turístico Nacional, la Semana Santa segoviana está en uno de los mejores momentos de su historia. Pero su valor más profundo no está en los reconocimientos oficiales ni en las cifras de visitantes: está en la continuidad de una devoción que empezó a germinar en las calles de Segovia cuando el Cristo de los Gascones llegó desde la Gascuña medieval y que no ha dejado de crecer desde entonces.
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